La Nación: Escapada: el amor por el campo pudo más y lograron el sueño de tener un tambo donde reciben visitantes
15/08/2026
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En Cazón, partido de Saladillo, un emprendimiento familiar muestra los procesos productivos que realizan en su chacra
Una historia de recorridos no siempre venturosos llevó a la familia Prato a crear Pasturas de Cazón, una minipyme que produce y vende variados productos naturales, como yogures, dulce de leche y mermeladas. Todos sin aditivos ni saborizantes ni conservantes. Lo hacen con herramientas y profesionales atentos al cuidado de sus animales, de la tierra y del medio ambiente en general. Un espacio donde en cada paso prevalece la naturaleza y lo comparten orgullosos con visitantes de todas las edades.Mariel y Franco eran muy jóvenes cuando se conocieron. Ella, docente, y él, técnico químico. Se casaron y, junto a sus tres niños, afrontaron diversas aventuras y desventuras. Con los hijos más grandes, en 1982 apostaron por poner todos sus recursos en la compra de una chacra, “con la idea de construir ahí su casa y tener vaquitas”.“Definitivamente, el amor al campo viene de nuestros ancestros”, afirma Mariel. Cazón pertenece al partido de Saladillo, donde nació su abuelo y creció su papá. “Es un pueblito muy pequeño (de unos 250 habitantes) que mantiene sus valores, donde todos se conocen, ayudan y se respeta la naturaleza”.“De niña escuché miles de relatos y anécdotas vividas por ellos en el campo, que tuvieron para mí un encanto especial. Y por el lado de Franco, su papá era agricultor en la región italiana de Sicilia. Así que la genética tuvo una influencia indiscutida en lo que serían nuestras elecciones a lo largo de la vida”, relata.Guatemala: un viaje único al mundo maya entre la selva del parque TikalFueron once años de sacrificios hasta que terminaron la casa, en 1993. Cuando se manifestó la pandemia del Covid y los Prato no podían “más que cocinar y mirar tele” capitalizaron ese momento en aprendizaje. ”Experimentamos todos los subproductos de la leche recién ordeñada de la primera vaquita Jersey, para hacer manteca, dulce de leche y cremas, en forma casera”. Luego incorporaron el yogur y, como Mariel hacía también mermeladas, lograron “una mezcla excelente”, describe sobre estos dos productos base.Decidieron comprar más vacas e instalar un tambo, entre otras cuestiones, en tanto, Mariel estudiaba el cultivo de diversos frutos, como frambuesas, arándanos, moras y frutillas. “Compramos las primeras 80 plantas, que hoy son miles, y nos asesoramos para hacer los camellones” (surcos apropiados para cultivar). Sobrevino entonces la decisión de comercializar lo elaborado.“Nunca habíamos colocado un producto en góndola, así que esa parte y la del tambo fueron nuevas; todo un aprendizaje que tuvimos que recorrer hasta llegar a este momento. La experiencia de la parte productiva es de mi esposo, porque toda la vida tuvimos un laboratorio, que ahora dirige nuestro hijo Mariano”. De las hijas, Johanna oficiaba de tesorera hasta que se mudó a Italia y Melisa se ocupa actualmente del marketing de la empresa.Mariel recuerda que “los primeros tiempos fueron difíciles. Casi un año estuvimos ensayando el producto, costeando distintos tipos de etiquetas, envases, tapas, hasta que decidimos lanzar las primeras ventas en el supermercado de la Cooperativa de Saladillo” y luego en ferias y tiendas saludables. También sobrellevaron en 2023 la escalada del dólar que impactó en el costo de los envases y remontaron “la catástrofe con distintas ofertas en bares y cafeterías, con la esperanza no cerrar”, recuerda.Kilómetro cero“Cubrimos todo el ciclo productivo, desde la implantación de las pasturas hasta llegar al yogur. Todo el proceso para obtener la materia prima, que es la leche, y después la elaboración dentro de la planta, se hace en el mismo lugar. Por eso nuestra empresa está denominada kilómetro cero. Porque la leche no viaja; se traslada automáticamente por cañerías que recorren seis metros hasta llegar adonde se elabora el yogur”. En unas 28 hectáreas construyeron el tambo, la fábrica de yogur, y ahora planifican optimizar un espacio para la venta al público y la recepción de turistas y escolares, que se tramita por internet.¿Te animarías a dormir ahí? 5 lugares insólitos del país para hospedarse Mariel resalta la importancia de las pasturas: “Lo que comen nuestras vacas determina la calidad de la leche y el aporte de fibras. Tenemos un sistema de pastoreo rotativo, que permite que las vacas tengan una dieta completa. Eso significa que el tambero todos los días las corre un poquito de lugar hacia las distintas pasturas, con siete especies diferentes, para que cada una le aporte al animal los nutrientes que necesita”.“Estamos constantemente mejorando el sistema pastoril y las instalaciones; tenemos un tambo modelo semiautomático con seis bajadas”, adonde entran las vacas para ser ordeñadas. “La sanidad la manejan dos veterinarios que controlan semanalmente el rodeo” y que viven cerca, por si hay que atender alguna urgencia.La empresa posee también un termotanque solar y genera su agua caliente con esa energía. Cuentan con un equipo para recuperar el agua de lluvia y que sea potable, tanto la que alimenta los bebederos de los animales como la que se utiliza para regar las plantaciones.Los Prato ofrecen a los visitantes una “experiencia tambo”. Es un recorrido que se inicia en los frutales, donde explican su desarrollo, luego pasan “al tambo y a la fábrica, donde reseñamos los diversos procesos, y además pueden observar en el exterior cómo pastorean las vacas, ver los termotanques, los paneles solares y los sistemas de riego y recuperación de agua”. Terminan con una degustación sobre una mesa presentada con vajilla antigua, donde no faltan las mermeladas, yogures, panqueques, tostadas, dulce de leche, y hasta leche chocolatada en invierno.El matrimonio Prato conoció las “Jersey frecuentando La Rural. Teníamos desde hacía mucho tiempo la idea de tener esas vacas, porque nos enamoramos de la raza; comenzamos a investigar y terminamos comprando una recién parida”, a la que llamaron Coca, en honor a su papá “Coco, que fue quien nos la regaló”, rememora Mariel. Coca vivió catorce años “y formó parte del paisaje que disfrutamos durante la infancia de nuestros hijos”.
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